Hay que respetar las decisiones, aunque duelan. Y esta duele. ¿Cómo no va a doler la despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina? ¿Cómo hacer para aceptar que el hombre que durante casi dos décadas nos acompañó en cada Mundial, en cada Copa América, en cada Eliminatoria, en cada partido que parecía imposible, decidió que llegó el momento de cerrar una historia que parecía no tener final?
Desde que se fue Ángel Di María aprendí algo: hay que hacer silencio. No ceder a esa tentación tan argentina de pedirle al ídolo que se quede un poquito más. “Dale, Leo, seis meses más”. “Jugá la próxima Copa América y después vemos”. “Uno más, aunque sea uno más”.
No.
Hay que aceptar la decisión. Aunque duela. Aunque cueste. Aunque sepamos que, cuando Messi deje definitivamente de jugar, una parte de nuestra infancia, de nuestra adolescencia o de nuestra vida también se irá con él.
Porque leer lo que escribió duele. Da tristeza. Mucha.
Y a esta altura, cuando ya no soy un pibe, puedo decir algo que quizás parezca una obviedad, pero que para mí no lo es: si mañana volviera a nacer y pudiera elegir ser futbolista, quisiera ser Messi.
No solamente por lo que jugó. Por lo que representa.
El futbolista soñado
Messi representa al deportista que todos alguna vez soñamos ser.
El que no necesita escándalos para ser noticia. El que nunca necesitó una palabra de más para hacerse escuchar. El que no construyó su carrera alrededor de las polémicas, sino alrededor de una pelota.
El que marca el camino adentro y afuera de la cancha. A Messi nunca le hizo falta explicar demasiado quién era. Lo explicó jugando. Y quizás ahí esté una de las grandes diferencias entre lo que decimos y lo que hacemos.
Muchas veces hablamos de grandeza, de humildad, de compromiso, de liderazgo. Decimos que vamos a hacer algo y después, cuando llega el momento, no lo hacemos.
Con Messi ocurrió al revés. Messi hizo mucho más de lo que dijo. Por eso, cuando habla, lo escuchamos con una atención especial. Porque sabemos que no es un hombre de grandes discursos. Es un hombre de hechos.
Messi hace. Messi juega. Messi gana. Y cuando parece que ya no puede hacer nada más, vuelve a sorprendernos.
El capitán que cambió la historia
Durante años le reclamamos todo: Que no cantaba el himno. Que no sentía la camiseta. Que no hablaba. Que no era líder. Que no podía ganar con la Selección. Que Argentina no era el Barcelona.
Qué injustos fuimos. Y quizás por eso su historia con la Selección sea todavía más extraordinaria.
Porque Messi no solamente tuvo que vencer rivales. También tuvo que vencer nuestras propias expectativas.
Perdió finales. Lloró. Pensó en irse. Volvió. Y volvió a intentarlo.
Hasta que llegó la Copa América de 2021. Después la Finalissima. Después Qatar.
Y finalmente esa imagen que ya pertenece para siempre a la historia argentina: Messi levantando la Copa del Mundo.
El chico de Rosario que se había ido de su país siendo apenas un adolescente terminó devolviéndole a la Argentina el trofeo que durante 36 años había parecido inalcanzable.
Y lo hizo siendo capitán. Siendo líder. Siendo el mejor. Pero, sobre todo, siendo Messi.
El hombre que consiguió algo todavía más difícil
Hay algo que quizás no aparece en las estadísticas y que resulta todavía más impresionante.
Messi logró que nos quisieran. Que quisieran a la Selección Argentina. Que quisieran a una generación de futbolistas argentinos. Incluso consiguió que nos quisieran aquellos que durante años no quisieron demasiado a la Argentina.
Porque Messi trascendió las camisetas. Lo siguen en Barcelona, en París, en Miami, en Rosario, en Bangladesh, en India, en Estados Unidos y en cada rincón del planeta donde alguien alguna vez pateó una pelota.
Y eso también explica por qué tantos grandes futbolistas quisieron compartir cancha con él. ¿Por qué Fede Redondo fue al Inter Miami? ¿Por qué llegaron Busquets, Jordi Alba, Luis Suárez y tantos otros? ¿Por qué tantos futbolistas quieren jugar con Messi?
Porque Messi es una atracción en sí misma.Pero también porque alrededor de él existe algo difícil de explicar: la certeza de que estar cerca de Messi significa ser parte de algo que después será contado.
Todo en un solo hombre
Quizás por eso cuesta tanto despedirlo. Porque no estamos despidiendo solamente al máximo goleador de la Selección Argentina.
Ni al futbolista con más presencias. Ni al campeón del mundo. Ni al bicampeón de América. Estamos despidiendo al chico que vimos crecer. Al que vimos perder una final y volver a levantarse. Al que vimos llorar.
Al que vimos abrazar a su mamá después de ganar la Copa América. Al que vimos levantar la Copa del Mundo.
Al que vimos convertirse, con el paso de los años, en aquello que tantas veces parecía imposible: el mejor jugador del mundo y, para millones, el mejor de todos los tiempos.
Pero también estamos despidiendo una forma de entender el deporte. Una forma silenciosa de liderar.
Una forma de ganar sin necesidad de gritar. Una forma de ser famoso sin dejar de ser humano.
Gracias, Leo
Por eso hoy no hay que pedirle nada. No hay que pedirle que se quede. No hay que negociar con él seis meses más, una Copa más, un partido más. Hay que agradecer.
Agradecerle por haber nacido en Rosario. Por haber elegido jugar para Argentina.
Por haber soportado nuestras críticas. Por haber vuelto cuando decidió que no quería volver. Por haber insistido cuando todo parecía perdido.Por habernos regalado noches que vamos a contarles a nuestros hijos y a nuestros nietos.
Por habernos hecho llorar de tristeza y de alegría. Por habernos enseñado que incluso el mejor también puede caerse.
Y que levantarse es, quizás, la parte más importante de ser campeón.
Messi se va de la Selección. Pero Messi no se va de nosotros. Porque hay futbolistas que juegan partidos. Hay futbolistas que ganan títulos. Hay futbolistas que hacen historia.
Y después están los que se convierten en parte de la vida de millones. Messi es uno de esos.
Y quizás por eso, cuando mañana volvamos a ver jugar a la Selección y él ya no esté, vamos a sentir que falta alguien.
No va a faltar solamente un jugador. Va a faltar Messi. Y eso, para nosotros, será imposible de reemplazar.
Gracias por tanto, Leo. Y perdón por haber dudado alguna vez.
Ahora sí: disfrutemos el recuerdo. Porque fuimos contemporáneos de Messi.
Y eso, para cualquier amante del fútbol, ya es un privilegio que no se explica con palabras.