De la bronca al abrazo: Messi y la Selección que nos volvió a unir

Vamos a ver a Lionel Messi por última vez con la camiseta de la Selección argentina. Y quizás recién ahora, cuando sabemos que el final está cerca, podamos dimensionar todo lo que significó. Porque hubo un tiempo en que lo cuestionamos, en que lo señalamos por cada intento fallido y hasta llegamos a preguntarnos si todavía queríamos verlo con la celeste y blanca. Hoy, en cambio, solamente queremos disfrutarlo y decirle gracias.

Hay algo inevitable en las despedidas: obligan a mirar hacia atrás.

Y cuando el que se despide es Messi, la mirada necesita recorrer mucho más que una carrera extraordinaria. Hay que volver a aquellos años en los que la Selección argentina parecía incapaz de superar sus propias frustraciones, cuando cada derrota se transformaba en una crisis y cuando el mejor futbolista del mundo cargaba también con la responsabilidad de explicar cada fracaso.

Porque antes del abrazo hubo distancia. Antes del agradecimiento hubo cuestionamientos. Y antes de que Messi se convirtiera definitivamente en uno de los nuestros, hubo quienes llegaron a pensar que ya no debía volver.

Ahora, cuando se acerca su última función con la Selección, la historia parece cerrar un círculo.

Cuando la Selección dejó de enamorar

Durante mucho tiempo, jugar para la Selección argentina parecía haberse convertido en una condena.

No alcanzaba con llegar a una final. No alcanzaba con ser protagonista. No alcanzaba con tener al mejor jugador del mundo.

Había que ganar.

Argentina perdió la final del Mundial 2014, cayó en las finales de las Copas América de 2015 y 2016 y acumuló una frustración detrás de otra. Y cada golpe alimentaba la sensación de que aquella generación estaba destinada a quedarse siempre a las puertas de la gloria.

Messi, inevitablemente, quedó en el centro de todo.

Se le reclamaba lo que no había conseguido con la Selección, aunque ya había hecho cosas extraordinarias con esa camiseta. Se discutía su liderazgo, su carácter, su manera de jugar y hasta su compromiso.

Después de la final de 2016 llegó el momento más extremo: Messi anunció que dejaba la Selección.

Y muchos, en lugar de pedirle que se quedara, entendieron que quizás había llegado el momento de empezar de nuevo.

El regreso y una Selección que empezó a cambiar

Pero Messi volvió.

Y casi al mismo tiempo comenzó a transformarse la Selección.

Con Lionel Scaloni llegó una renovación profunda. Aparecieron nuevos futbolistas, se construyó otro grupo y, poco a poco, la camiseta argentina empezó a recuperar algo que parecía haber perdido: la identificación con su gente.

No fue inmediato. Hubo críticas, dudas y resultados que todavía no convencían a todos.

Pero había algo diferente.

El equipo parecía jugar para algo más que evitar otra derrota. Había una identidad, una pertenencia y una conexión que comenzó a crecer alrededor de un grupo que hacía sentir al hincha nuevamente parte de la Selección.

Hasta que llegó la Copa América 2021.

El Maracaná cambió la historia

Aquel gol de Ángel Di María en el Maracaná no fue solamente el gol de una final.

Fue el final de una espera.

Argentina volvió a ser campeón y Messi, finalmente, levantó un título con la Selección mayor.

La imagen del capitán abrazado a sus compañeros en el césped del Maracaná significó mucho más que una copa. Fue una liberación.

Para él. Para sus compañeros. Y también para millones de argentinos.

De repente, aquella Selección que durante años había sido cuestionada volvía a ser querida.

Y Messi empezaba a dejar de ser el jugador al que se le reclamaba lo que todavía no había conseguido para convertirse en el capitán de un equipo que finalmente había encontrado el camino.

De la exigencia a la identificación

Después llegaron la Finalissima y Qatar.

Y entonces sucedió algo que parecía imposible algunos años antes: la Selección argentina volvió a convertirse en una de las grandes alegrías colectivas de los argentinos.

El Mundial 2022 terminó de cambiarlo todo.

La gente volvió a salir a las calles. Las camisetas aparecieron en balcones, autos y plazas. Los chicos comenzaron a festejar un Mundial que muchos adultos habían esperado durante décadas.

Y en el centro de aquella fiesta estaba Messi.

El mismo Messi que había sido cuestionado. El mismo Messi al que alguna vez se le pidió que no volviera. El mismo Messi que había llorado después de tantas derrotas.

Ahora levantaba la Copa del Mundo. Messi ya no necesitaba demostrar nada

Después de Qatar, algo terminó de acomodarse. Ya no había que discutir si Messi estaba a la altura de la Selección. Ya no había que preguntarse qué le faltaba.

La Copa del Mundo había cerrado la discusión deportiva.

Pero también había cambiado algo mucho más profundo: la relación emocional entre Messi y el público argentino.

La Copa América 2024 reforzó esa conexión. Argentina volvió a ser campeón y aquel grupo que había comenzado su recorrido con tantas dudas terminó convertido en una Selección que acumulaba títulos y, sobre todo, afecto.

Messi dejó de ser simplemente el capitán.

Se convirtió en parte de la memoria afectiva de varias generaciones.

Del «que no vuelva» al «no te vayas nunca»

Quizás ahí esté la parte más increíble de esta historia.

Porque no hace falta negar lo que pasó. Hubo argentinos que lo criticaron.

Hubo quienes consideraron que no tenía el mismo rendimiento con la Selección que en Barcelona.

Hubo quienes cuestionaron sus decisiones. Hubo quienes, después de la derrota ante Chile en 2016, aceptaron o incluso compartieron la idea de que su ciclo había terminado.

Y hubo quienes simplemente se cansaron de perder. No hay que esconder aquella historia para entender la de hoy. Porque justamente ahí está el valor de la transformación.

El jugador que alguna vez fue señalado terminó siendo despedido con aplausos. El que alguna vez fue discutido terminó siendo vitoreado.

Y el que alguna vez anunció que no quería volver terminó siendo el futbolista al que nadie quiere ver irse.

Ahora sabemos que vamos a extrañarlo

Y entonces llegamos a este momento. Messi está cerca de ponerse por última vez la camiseta argentina en suelo nacional. Y quizás esta vez no haya que pedirle nada.

No hace falta un gol. No hace falta una asistencia. No hace falta otra genialidad. No hace falta que gane otro título.

Solamente hay que mirarlo. Disfrutarlo. Aplaudirlo.

Porque durante más de dos décadas tuvimos la posibilidad de verlo hacer cosas que probablemente tardemos muchísimo tiempo en volver a contemplar.

Y porque la despedida también nos obliga a reconocer algo que muchas veces ocurre con los grandes: los valoramos completamente cuando entendemos que están a punto de irse.

La Selección que nos devolvió las ganas

La Selección de Scaloni ganó títulos, pero hizo algo más importante.

Nos devolvió la ilusión. Nos devolvió las reuniones familiares alrededor de un partido. Nos devolvió los nervios, los abrazos, las lágrimas y las celebraciones. Nos devolvió las ganas de usar la camiseta argentina.

Nos hizo volver a creer.

Y quizás esa sea una de las razones por las que esta generación quedará en la historia de una manera diferente.

No solamente porque ganó.

Sino porque volvió a unir a la gente con la Selección.

Después de años de desencanto, consiguió que el hincha volviera a sentirse representado por ese equipo que entraba a la cancha con la celeste y blanca.

El final de una era

Después vendrán otros jugadores. Habrá nuevos capitanes. Aparecerán nuevas figuras.

La Selección seguirá adelante porque el fútbol siempre encuentra a alguien que tome el lugar de quienes se van.

Pero habrá algo que no se podrá reemplazar. La experiencia de haber sido contemporáneos de Messi.

De haberlo visto crecer. De haberlo visto perder. De haberlo visto levantarse. De haberlo visto llorar. De haberlo visto campeón.

Y de haber pasado, como sociedad futbolera, de preguntarnos si todavía queríamos verlo con la camiseta argentina a no querer aceptar que algún día, tendría que quitársela por última vez.

Gracias, Leo

Quizás por eso esta despedida tenga un significado tan especial.

Porque no solamente se va un futbolista.

Se va una parte de nuestra historia.

Se va el chico que llegó desde Rosario con un sueño enorme y terminó convirtiéndose en el capitán de una Selección campeona del mundo.

Se va aquel al que alguna vez le reclamamos todo.

Y se va convertido en aquel al que hoy solamente queremos agradecerle.

La historia de Messi con la Selección tuvo derrotas, frustraciones, críticas, renuncias y dudas.

Pero también tuvo revancha, lágrimas, Maracaná, Finalissima, Qatar, otra Copa América y millones de personas festejando juntas.

Por eso, cuando llegue ese último partido y Messi vuelva a ponerse la camiseta argentina, quizás no haya demasiado para pedirle.

Solo mirarlo. Solo aplaudir. Solo agradecer.

Porque alguna vez lo cuestionamos. Después aprendimos a quererlo.

Y ahora, cuando sabemos que se va, solamente podemos decir una cosa:

Te vamos a extrañar, Leo.