Ahora sí, para siempre

Ahora sí.

Esta vez no hay otra despedida posible, ni otro partido esperando, ni una nueva oportunidad para volver a verlo correr detrás de una pelota con la celeste y blanca. Esta vez, ahora sí, fue para siempre.

Y quizás por eso esta despedida tuvo algo diferente.

Todos pudimos despedirlo desde el lugar que nos tocó. Los que estuvieron en el estadio, los que lo miraron desde sus casas, los que viajaron, los que se abrazaron frente a una pantalla, los que alguna vez lloraron con él y los que tantas veces gritaron sus goles como propios.

También pudieron estar casi todos los campeones del mundo de Qatar. Aquellos que nos regalaron una de las alegrías más grandes de nuestra historia deportiva volvieron a reunirse para que el pueblo argentino pudiera devolverles, aunque sea con un aplauso, una pequeña parte de todo lo que nos dieron.

Y en el centro de esa escena estuvo él.

Messi.

El mismo que durante tantos años nos acostumbró a esperar lo imposible. El que convirtió lo extraordinario en algo cotidiano. El que nos hizo discutir, sufrir, ilusionarnos, llorar y, finalmente, festejar como nunca.

También se fueron despidiendo otros. Algunos ya habían cerrado su ciclo. Otros entendieron que ese momento estaba llegando. Pero había una despedida que todos sabíamos que, tarde o temprano, iba a ser distinta.

La de él.

Porque Messi no fue solamente un futbolista de la Selección. Fue parte de nuestras vidas. Estuvo durante casi dos décadas en nuestros televisores, en nuestras conversaciones, en nuestras reuniones familiares, en nuestras alegrías y también en nuestras frustraciones.

Y ahora queda el recuerdo.

El de aquel chico que llegó desde Rosario con un sueño enorme. El de las lágrimas después de tantas finales perdidas. El del capitán que levantó la Copa América, la Finalissima y, finalmente, aquella Copa del Mundo que parecía destinada a ser suya.

Y queda, sobre todo, la imagen de Messi con la camiseta argentina.

La que tantas veces besó.

La que tantas veces defendió.

La que finalmente pudo levantar hasta lo más alto.

Ahora sí.

Ya no habrá otra vez.

El último baile con la celeste y blanca terminó.

Y quizás lo más lindo de esta despedida sea saber que, esta vez, no nos queda ninguna deuda con él.

Nos dio todo.

Y nosotros tuvimos el privilegio de verlo.